La Música y las Sensaciones

Hubieron en el pasado algunos eruditos que mediante métodos científicos trataban de comprobar a la consonancia y la disonancia en la música como cosas que influían en nuestro organismo más allá de las inclinaciones estéticas. Las pensaban como si se tratase de similar forma que probar un alimento sabroso dulce o salado, quemarse con algo o hacer contacto con un cubito de hielo, pincharse alguna parte del cuerpo o ser acariciado por otra persona o animal. En la antigüedad se dio un concierto a dos elefantes en un zoológico donde se demostró que los animales eran receptivos a la música y experimentaban todo tipo de sensaciones.

Se elaboraban teorías musicales para estudiar las sensaciones sonoras, y se miró a la consonancia y a la disonancia como si fuesen fenómenos de sensación. Y para su mejor investigación era imprescindible no vincularlos a los sentimientos que nos generaban, como por ejemplo si tal sonido era lindo o feo desde el punto de vista estético. Se comenzaron a hacer curiosas pruebas para examinar los efectos de la música en las personas, en las cuales los involucrados como requisito debían de tener cierto grado de sordera para así comprobar con imparcialidad los efectos planteados. A partir de aquello quizá conseguían pronunciar una verdad con fundamentos, pero al ser parcial en términos generales sería algo inviable sacar una conclusión definitiva.

Música Y SensacionesLas sensaciones tienen un papel preponderante en el arte, determinadas combinaciones sonoras nos provocan instintivamente un efecto de impaciencia o de sufrimiento. Pero hay ciertas objeciones que a veces se oponen a que la sensación fuese el inicio de la satisfacción musical, y algunas para destacar son:

– Las sensaciones olfatorias en comparación con las auditivas no dieron origen a un gran arte, la perfumería si bien ha evolucionado mucho no se halla en el mismo plano que la música.
– La música no es solo el arte de agradar al oído, si lo fuera entonces fisiológicamente hablando se debería solo utilizar las consonancias. Como consecuencia de esto es que no es usual experimentar el goce musical en su estado más completo y puro, por lo tanto quizás el goce estaría siempre o casi siempre insatisfecho.
– Las sensaciones táctiles tienen continuamente el mismo valor, como las impresiones que nos causan algunos objetos por ejemplo: el tener contacto con una brasa muy caliente siempre va a ser motivo de sufrimiento o el tomar algo helado cuando se tiene sed siempre va a ser motivo de placer. En cambio si un músico percibe una consonancia aislada, suele suceder que le es indiferente, la armonía no tiene un valor considerable y para que lo tenga sería conveniente enlazarla a otra cosa, percatarse de lo que viene antes o lo que viene después. El sonido se percibe también por recordar y esperar, se comprende mejor a través de la comparación y las relaciones armónicas.
Una quinta que se halla entre las consonancias agradables si se percibe en un contexto discordante resultara algo ingrata al oírla. O por el contrario, una disonancia formada por tal cantidad de notas quizás sea considerada admirable porque se la coloco en el contexto adecuado.
– Las impresiones musicales varían de tanto en tanto con cada tema, no es igualmente de doloroso emocionalmente hablando para cada una de las personas que escuchan la misma melodía. Pero cuando un sujeto metió una parte de su cuerpo en el fuego no duda en el dolor o ardor que sintió cuando se quemó con algo. Los fisiólogos cuando quieren demostrar los efectos de la percepción sonora, tomando gráficos de la respiración, pulso capilar o de la actividad cardiaca, están haciendo una tarea útil pero de la que sería ilógico extraer una ley o conclusión general puesto que las reacciones examinadas no serian las mismas para cada individuo.

Como ciencia la fisiología no está mal que desempeñe un papel en la teoría musical, pero no debería ser ella quien suministre una definición del arte, es preferible que se ofrezca para prestar alguna que otra contribución. En un determinado nivel cultural el oído ya no concibe la música siendo un receptor pasivo sino que es la inteligencia quien se sumerge en sus profundidades para apreciarla, atenderla y comprenderla.

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