Sobre el Ritual

Dos conceptos relevantes que sirven para analizar el fenómeno religioso son el de religión y el de religiosidad. Aferrada a la hierografía, la religión es admisible que se vea como una serie de creencias y costumbres ceremoniales reproducidas por parte de un observador, en cambio la religiosidad vista en esa misma línea es una incógnita. La actitud que asocia al sujeto con una alteridad concreta o difusa colocada como sustancia afuera del sujeto es religiosidad, por lo tanto es como una experiencia donde lo interior y lo exterior se viven en comunicación o en revelación social. Como característica de esto es que el sujeto religioso nutre a las entidades de un significado o valor peculiar que rompe la dimensión de lo tradicional. Si al objeto se le atribuye valores como bondadoso o maligno en realidad ellos no están en el objeto, porque el valor no es un elemento sino que es un lazo entre ese objeto y el sujeto.

El desarrollo de una religión está ligado a una división entre acciones populares y acciones realizadas por sujetos sumergidos en el culto. Ésta división actúa también como divergencia entre el ámbito sagrado y profano. A su vez la religiosidad implica tratamientos de elaboración social de significados. La clave de esa cualidad o dimensión social se haya fundamentalmente en los rituales y cultos religiosos que suceden en el meollo de núcleos familiares o grupales.

Determinados fenómenos conductuales palpados por múltiples especies animales, como maneras de movimiento, de seguimiento mantienen una función sencillamente simbólica. Y son llamados como ceremonias animales de ritualización por el intenso paralelismo con los procesos culturales que conducen a la evolución de los ritos humanos.  No son conductas vinculadas a los impulsos de la supervivencia  (hambre, sexo, defensa, agresión), sino que se trata de conductas netamente ceremoniales o litúrgicas. Ésta característica del hábito o la conducta, llevada al ritual religioso, muestran que su sentido no debe rastrearse en el marco de una racionalidad que soluciona sino en el ámbito de la emoción causada por el ritual.

La convocatoria a emociones sociales vincula por ejemplo a los rituales con el espectáculo musical, entretenimientos colectivos que desatan enérgicas reacciones tales como la euforia, el miedo, el placer o el horror. El espectáculo es una ocasión que estimula la complicidad del sujeto y que además lo coloca afuera de él, un lugar desde el cual descarga su emoción acotándola: posibilita al sujeto ser cómplice y observador de su propia emoción como si estuviera en trance ritual.

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